jueves, 2 de junio de 2016

"Zonas" de Antonio José Royuela














Zona cero y zona gaseosa



La primera parte (Zona Cero) es potentísima. Resulta muy difícil leerla y no darnos por aludidos; me parece una exquisita forma de acercarnos a los rincones de nuestra realidad social e intentar comprender nuestras pequeñas fallas cotidianas. La pluma de Antonio es directa y le sirve para denunciar los desahucios, la pobreza, la xenofobia, las leyes injustas. En este comienzo hay extractos escalofriantes y construidos con una rigurosidad poética extrema. No hay forma de comenzar este libro y abandonarlo, porque cuando una lectura habla de nosotros mismos y nos hace ver nuestras propias miserias, se vuelve imprescindible y se pega a nuestra cabeza de forma irremediable.

Royuela ya ha dado sobradas muestras de su talento poético; y seguramente su faceta erótica sea la más conocida y aplaudida por todos, por lo que es necesario avisarles a todos que este poemario incluye un compendio de poemas vaporosos (o que provocan vapores) y se encuentran reunidos en la segunda parte (Zona Gaseosa). Poemas intensos y pícaros que reforzarán las expectativas de los lectores.

Zona sólida y zona sin clasificar

Por dura que sea la vida siempre hay luces que se encienden para nosotros; para volvernos más capaces de sobrevivir, más preparados para la vida. Palabras que lo motivan a Antonio a componer esta tercera parte del poemario (Zona Sólida) donde escribe sobre su madre, sobre su cuñado Alfonso, sobre esas criaturas que lo han ayudado o cuyas realidades le han servido para reflexionar y, posiblemente, para volverse más fuerte. Hay en toda esta parte un deseo profundo de aferrarse a los instantes, de hacer de cada día un mundo. Sin embargo, encuentro también la rabia de la pérdida que siempre se escapa (o se aparece) en los momentos menos indicados.
“Zonas” es un poemario que me ha sorprendido positivamente. Si bien muchos de los poemas ya los conocía, encontrarme con una obra tan bien amalgamada me hizo descubrir que lo mejor para un buen poema son sus compañías y en este caso, Antonio ha sabido elegir buenas compañías para cada uno de sus versos.







POEMAS



Enamorarse
era esto:
desertar de las luces de la noche,
ordenar la espera, pedir música que no conocía,
mudar las células
            en la maldición de las hogueras,
asumir las prerrogativas de un tiempo incorrecto,
            incluso,
limpiar de residuos la malla que hacia de sustento.

La teoría de la salvación y sus trampas cíclicas
            quiénes éramos, qué pretendíamos. Tal vez eso, enamorarse:
acaso la verdad cómplice del amor,
acaso el aniquilamiento de las estrellas,
            o tal vez,
adivinar las imposibles virtudes que apagan la débil llama de la razón.

Pensad en sus trampas.
¿Unos cuerpos boca abierta?  ¿La palabra que arde en los labios?
No hay aquí un arriba y un abajo absolutos.

            Es mi sueño.
Quizá reescribir las mismas huidas. Doblegarse una y otra y otra vez.
Te quiero,
ocho fonemas para los aduaneros del mar.

           


Hasta mi corazón transparente solo el amor hablará de amor.
Sí,
conozco sus tretas y digo que enamorarse era esto:
incapacidad para negarme,
firmar un armisticio tras convocar un consejo de guerra
y lo que es más asombroso aún,
            elegir entre alimentarme de sueño o de sueños.

Ya nadie muere de amor. 
           
Juro que me enamoré,
y nadie me avisó de que enamorarse era esto.





Desahucio

Un desahucio es hijo del padre,
saqueador de bolsillos,
el edicto de quienes venden gato por liebre
ante la indiferencia de los que dicen adiós
después de prometer para siempre.

En un desahucio
intervienen leyes trasnochadas e injustas,
la necesidad de un derecho conculcado,
demasiada lluvia y extrema fragilidad.

En un desahucio
cabe el grito silencioso del humillado,
el esperma arrojado a un espejo roto,
habitaciones que guardan rencor
y la voluntad firme de modificar un guión errático.

Pero también cabe
la balada sobre la nuca del otro,
el tiempo que pasó deprisa y se quedó
atrapado entre los muros
o el vocabulario propio de unos muebles
que protegen las banderas allí levantadas.
En un desahucio
se maltrata la intimidad de un cajón
con pequeñas cosas que son herencia y legado
de toda una vida.
Todo aquello que no forma parte del inventario,
que se almacena en la memoria de unos labios,
de unos ojos o de una piel reseca
en el intento de cocinar felicidad.

En un desahucio
sobra la letra pequeña de un impreso
cobarde y asesino,
las corbatas de usureros
que no combinan con el color de las paredes
y el triste espectáculo de la degradación
pública de un sueño.

¡No más desahucios!